¿Cuál es esa necesidad de ponernos mal al instante? ¿Por qué y debido a qué? ¿Con qué razón y pretexto? ¿O acaso algo exterior tiene el poder suficiente para hacernos inferiores, indiferentes y deprimir nuestros sentidos?
No lograba entender muy bien las respuestas de aquellas preguntas que me formulaba a través de los pensamientos inquietantes que surgían como ecos en mi cabeza. Se presentaban como aquellas frases que no quería escuchar. Las grandes verdades albergaban en mí, pero no me sentía aún con el poder suficiente como para conocerlas. Predominaba el miedo. Ese absurdo miedo que parecía paralizarte por grandes instantes, aquél temor que tenía la fuerza suficiente para detener el tiempo, frenarlo para cuestionarte...
¿Dónde estabas y hacia dónde ibas? Pero, ¿A dónde estaba? ¿A dónde iba?
Ese nudo en la garganta y esa fuerte presión en el pecho parecían querer ahogarte. Esa extraña sensación de dolor sin lastimadura alguna, florecía y florecía dentro de ti para sacar las grandes verdades de tu existir a la superficie.
-Estas con vida- Te repetías una y otra vez, hasta entenderlo. Era ese dolor que te daba la certeza de encontrarte con vida.
Te era necesario saberlo y confirmarlo. Porque la vida para vos era como un gran recorrido por disfrutar. Sin embargo te veías ahí, tan deprimente. Bajo tus mismos zapatos el estado aquél que alguna vez conformaste hasta perderte. Sin darte cuenta ibas desperdiciando tus energías y tus valiosos tiempos que pertenecían a algo más que tu situación actual. Porque no eras tan solo la emoción ni esa circunstancia, eras mucho más que eso, mucho más que hoy.
Lucía Giselle Ríos
Escrito:21/05/2014.